abril 01, 2009

Reírte a solas


Reírte a solas es la mejor terapia para alivianarte el día. Hace un par de días me pasó, me pasó la semana pasada y me pasa seguido. Y me siento con la responsabilidad moral de avisarles los efectos secundarios que toda terapia tiene: Cuando te rías a solas te van a mirar extraño, van a dudar de tu cordura (a estas alturas de la vida, ¿quién quiere estar cuerdo?), van a alejarse de ti si estás en un lugar público como la plaza, un café o el metro. Y haciendo un balance crítico, creo que bien valen la pena los beneficios aunque se corra el riesgo de sufrir los efectos secundarios. Reírte a solas es síntoma de estar recordando, reírte a solas es convertirte en cómplice de ti mismo. Y si eres capaz de reírte a solas seguro te estás acordando de la complicidad que tuviste con alguien, y eso, eso es vivir por más cursi que pueda sonar. Reírte a solas es acordarte del mail que te manda un hermano de vida, acordarte de las ocurrencias de una persona cercana, del chiste de los buhitititos (que es muy bueno y luego se los contaré aunque no tenga la gracia de quien me lo contó), acordarte de las anécdotas que la calle te da sin pedir y de un montón de momentos que seguro todos tenemos para recordar si queremos. Cuando nos reímos a solas, no somos los más socialmente ortodoxos. Cuando nos reímos a solas, no faltará el envidioso que pregunte de qué te ríes, y seguro le contestarás que de nada, y en ese preciso momento te juzgarán de loco, cuando eso pase… Qué más da. Seguro quien te juzgue así, no está teniendo un buen día.

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