
Hoy me desperté con una sensación de sinsabor después de un par de sueños raros, me senté al pie de mi cama tratando de separar lo onírico de la realidad. Un sueño puede dejarte una sensación de incertidumbre, de esas veces que despiertas y quieres agradecer que afortunadamente todo ha sido un sueño y nada más. No fue así.
Me levanté y como todos los días, me fuí directo al baño hacer lo propio, sólo que esta vez, me miré detenidamente en el espejo, todo andaba bien, por mis manos sentía agua fría, mis pies coordinaban la secuencia de ir uno detrás del otro sin problemas, y así, caminé un tanto dudoso hasta la habitación de mis padres a dar una mala noticia. Cierto era que pocas veces me había puesto a pensar que las cosas son extraordinriamente bellas cuando las tienes y patéticamente aterradoras cuando ya no están.
La noticia: Mi sobrina junto con mi hermana habían sufrido un accidente, según el escueto relato que recibí por parte de mi hermana, ella está bien, las dos están vivas. pero mi sobrina tiene la rodilla destrozada y están en espera de un diagnóstico.
Salí del cuarto de mis padres después de contarles, y mientras esperaba que saliera el agua caliente, por alguna extraña razón no dejé de contemplar mis rodillas que me sostenían.
Poppenhauer.
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